Cuando yo era chiquita esta frase me daba alegría. Nacida y vivida en Tigre, a la orilla de varios ríos, la sudestada era el sinónimo de juego (inocencia perdida con los años), de mudanzas forzadas, de juntarse con los amigos. Yo no advertía que el ceño fruncido de mis viejos se debía a eso.
Los veía hablando con los vecinos, armando caballetes, levantando la heladera y los muebles y creía que era un juego más.
En el año 59 yo tenía 4 años y esa gran inundación entró en mi casa. Todos los vecinos nos juntamos en la única vivienda de alto que había en el inquilinato y dormíamos los chicos todos juntos en colchones en el piso, las mujeres en una pieza y los hombres no dormían… vigilaban metiéndose en el agua marrón que había llenado las casas (que debían dejarse con las puertas y las ventanas abiertas para que no haga presión sobre las paredes.)
Los chicos jugábamos y comíamos Criollitas con manteca y azúcar, pedíamos por favor que nos llevaran a dar una vuelta en el único bote que había en la manzana y si nos podíamos escapar de la vigilancia materna, nos calzábamos las botitas de goma negra y metíamos un pie en el agua sin bajar la escalera. También hacíamos botecitos de papel hasta que nos quedamos sin un solo diario y nos asomábamos por las ventanas a ver pasar las lanchas de la prefectura que nos traían comida y agua.
Fueron 4 días de ese exilio forzado a una casa al lado de mi casa, pero lo viví como una aventura inolvidable y divertida.
La inocencia de la infancia es lo más lindo que tenemos y la perdemos cuando la debemos perder. Doy gracias a Dios por los padres que tuve.

